Apenas del tamaño de un pulgar, libando néctar de la copiosa variedad de flores a su alcance, el colibrí bate furioso sus alas, a fin de permanecer estático ante su manjar de ambrosía. Sus diminutos ojos se fijan en una rama cercana. Se aproxima a ella, vuela una o dos veces a su alrededor, y se posa con la delicadeza de un diente de león disipado en la brisa.
El tiempo se detiene en ese mismo momento. El rumor de la cascada cercana deja de escucharse. Se puede ver el torrente de agua suspendido gota a gota en el aire, refrenando la trepidante caída. Las flores y hojas movidas por el viento, ahora se presentan onduladas, como bailarinas sujetas por algún mecanismo invisible que las mantiene elevadas y livianas. Cigarras interrumpidas en mitad del canto, hileras de hormigas que transportan enérgicamente semillas y pedacitos de frutos por un inapreciable sendero, partículas de luz estancadas en una ventana,…
En algún lugar, un reloj ve temblar el segundero en su interior. Este se tambalea silenciosamente hasta su posición anterior. En ese instante, la primera chispa de agua que se escapó de aquella nube solitaria, subió, perezosa, hacia el cielo. El colorido festival de mariposas aleteó sin conocer su destino, cien arañas destejieron su última hebra de la tela y una hoja seca danzó hacia la rama que la sostenía. La catarata recuperó el agua vertida y un pez se introdujo de cola en el río. La avecilla descansa con la vista puesta en el horizonte, donde el sol reaparece lentamente al atardecer. Mueve su cola de arco iris, atusa sus plumas azuladas y despliega las efímeras alas.
El reloj precipita sus agujas. El agua borbotea en la cascada, y una generosa lluvia baña la tierra. El viento mece espigas y briznas, mientras los árboles se sacuden, dejando caer ocres sobre el verde. Vuelven los trinos y las llamadas de las chicharras en las últimas horas de luz. Una araña coloca la primera hebra de su red.
El colibrí levanta el vuelo una vez más.
® Raquel Contreras
jueves, 3 de junio de 2010
lunes, 12 de abril de 2010
El sueño de Madre Natura
Madre Natura es el comienzo y el fin de todo. Ella regala vida a todos los seres que pueblan la tierra, los modela con sus dedos ágiles y perpetuos, esparce su aliento divino sobre ellos y les libera en el mundo. Una vez terminados, observa a sus criaturas y les nombra. Ninguno le es indiferente, ninguno es cuestión del azar y todos son importantes.
— Tú serás conocido como caballo. Se te identificará con la elegancia, y serás útil al hombre para transportarle. Te exhibirá orgulloso y velará por ti.
— Tú, serpiente, vigilarás la tierra de cerca y escucharás su latido. Tuyos serán el suelo y los árboles de la espesura.
— Gaviota, otearás costas y océanos desde tu situación privilegiada. Tus rutas ayudarán a los hombres a encontrar la orilla en la desorientación.
Así fue llenando cada rincón de especies animales y vegetales que sostuviesen el mundo. Pero el hombre, vanidoso y feroz, olvidó su cometido de preservar a los hijos de Natura y quiso ser superior a ella. Madre Natura quiso hacer ver a los hombres su error, pero estos no tuvieron en consideración sus demandas. Con su último aliento, exhaló a su criatura más completa.
— Serás mi obra predilecta. Te conocerán como elefante. Serás eterno y tendrás la capacidad de escuchar todo lo que suceda. Tus ojos serán testigos de mis obras, y tu memoria guardará la sabiduría de todos los tiempos. Serás grande y poderoso para soportar la carga de tus responsabilidades, pero tu paso será delicado, sutil, símbolo de serenidad y paciencia. Tú poseerás mi esencia y velarás por la armonía de los seres desde tu porte imperial.
Tras pronunciar estas palabras, el elefante fue liberado en el mundo, siendo el fiel emisario de Madre Natura, que se sumió en un profundo sueño. A veces, en su descanso, abre uno de sus mil ojos y atisba el mundo. Mira con recelo a los hombres y sus actos, y brama, y los cielos se deshacen y tiemblan valles y montañas. No desea despertar hasta que la calma y la concordia se alojen en el corazón del hombre y este aprenda a cuidar a sus hermanos y a la Madre. Hasta ese momento, el elefante sigue vagando por la tierra, portando con humildad el peso de los siglos sobre sus espaldas, con la piel cuarteada por infinidad de batallas perdidas, atento a cada paso, moviéndose ceremonioso y pausado entre los moradores del mundo; mostrando en sus ojos la indescriptible impotencia de quien todo lo sabe y nada puede hacer, consciente de que Madre Natura no despertará hasta que el hombre desaparezca.
® Raquel Contreras
— Tú serás conocido como caballo. Se te identificará con la elegancia, y serás útil al hombre para transportarle. Te exhibirá orgulloso y velará por ti.
— Tú, serpiente, vigilarás la tierra de cerca y escucharás su latido. Tuyos serán el suelo y los árboles de la espesura.
— Gaviota, otearás costas y océanos desde tu situación privilegiada. Tus rutas ayudarán a los hombres a encontrar la orilla en la desorientación.
Así fue llenando cada rincón de especies animales y vegetales que sostuviesen el mundo. Pero el hombre, vanidoso y feroz, olvidó su cometido de preservar a los hijos de Natura y quiso ser superior a ella. Madre Natura quiso hacer ver a los hombres su error, pero estos no tuvieron en consideración sus demandas. Con su último aliento, exhaló a su criatura más completa.
— Serás mi obra predilecta. Te conocerán como elefante. Serás eterno y tendrás la capacidad de escuchar todo lo que suceda. Tus ojos serán testigos de mis obras, y tu memoria guardará la sabiduría de todos los tiempos. Serás grande y poderoso para soportar la carga de tus responsabilidades, pero tu paso será delicado, sutil, símbolo de serenidad y paciencia. Tú poseerás mi esencia y velarás por la armonía de los seres desde tu porte imperial.
Tras pronunciar estas palabras, el elefante fue liberado en el mundo, siendo el fiel emisario de Madre Natura, que se sumió en un profundo sueño. A veces, en su descanso, abre uno de sus mil ojos y atisba el mundo. Mira con recelo a los hombres y sus actos, y brama, y los cielos se deshacen y tiemblan valles y montañas. No desea despertar hasta que la calma y la concordia se alojen en el corazón del hombre y este aprenda a cuidar a sus hermanos y a la Madre. Hasta ese momento, el elefante sigue vagando por la tierra, portando con humildad el peso de los siglos sobre sus espaldas, con la piel cuarteada por infinidad de batallas perdidas, atento a cada paso, moviéndose ceremonioso y pausado entre los moradores del mundo; mostrando en sus ojos la indescriptible impotencia de quien todo lo sabe y nada puede hacer, consciente de que Madre Natura no despertará hasta que el hombre desaparezca.
® Raquel Contreras
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