jueves, 29 de octubre de 2009

EL MINUTO 219


No es el primer minuto que te dedico, y después de hoy, supongo que tampoco será el último. Lo que puedo asegurar es que para mí este minuto ha sido uno de los que, sin duda, recordaré por mucho tiempo.


Después de tanto tiempo evadiéndome, de no contestar llamadas ni mensajes, después de haber ignorado mi presencia en mi última visita, hoy decides volver para quedarte tan sólo un minuto. Podría haber sido unos minutos antes o algunos después, incluso podrías no haber vuelto; pero lo has hecho en este maravillosamente fatídico minuto 219.

[Como los 219 minutos que fueron necesarios para enamorarme de ti.
Como las 219 noches que me dormí acunada entre lágrimas porque jamás te tendría.
Como las 219 veces que pasé de amarte a odiarte en tan sólo un minuto.
Como las 219 oportunidades que desperdicié ese momento perfecto en el que pude decirte lo que sentía y tuve miedo.]

De repente, sin previo aviso, has aparecido como por arte de magia ante mí, y me has hablado con total sencillez, como si el tiempo no hubiera pasado, aunque las canas de tu cabeza no pensasen lo mismo.

[No te extrañará que en un principio estuviera recelosa, sorprendida con tu cambio de actitud, no puedes reprocharme que por un segundo desconfiara. Pero sólo duró eso, un segundo. Me conoces bien, y debo rendirme ante la evidencia de que eres mi punto débil. Aunque tú no lo sepas, porque nunca te lo he dicho, tus palabras han sido y son mi más sagrado tesoro, y tienes el poder de tenerme a tus pies con una de tus pícaras sonrisas, esas que pones antes de decir una pequeña maldad, esas que hacen que se ilumine tu cara como el Ángel que eres.]

Aún no ha pasado nada, hablas de compañeros, preguntas por mi vida, me pones al día de insignificantes acontecimientos que, sinceramente, no me importan lo más mínimo, porque mi cabeza no puede centrarse en el contenido de tus palabras: está embriagada por su sonido, por volver a escucharte. Por eso no contesto a ninguna de tus preguntas y no me importa que te burles y me llames sorda: estoy feliz de tenerte delante, de volver a verte.

Sigues hablando, pareces algo nervioso, pero has aprendido a disimularlo un poco mejor con los años. Yo sonrío estúpidamente, como las niñas que recién estrenan su pubertad, cuando están frente al chico más popular del colegio y enroscan el cabello con los dedos. Y es que me siento como una de esas tontas, como llevaba años sin sentirme. Siento que sería capaz de jugar con mi pelo si lo tuviera lo suficientemente largo.

[¿Recuerdas mi pelo largo? Te gustaba meterte conmigo cuando me hacía algo nuevo, sin darte cuenta que lo hacía para que te fijases en mí aunque fuera motivo de tus ingeniosas bromas. Me gustaba desatarme el pelo porque me hacía parecer más mayor. Tú decías que me favorecía. A veces me lo soltaba cuando estaba triste o enfadada, entonces tú me reñías y me pedías que me hiciese mi recogido, porque no estaba bien que quisiera ocultar mi rostro. Entonces yo sonreía. Ya nada podía hacerme sentir mal, porque tú querías ver mi cara...]

La escena se torna interminable. Tú hablas sin parar y yo me limito a observar tu boca, tus ojos, cada milímetro de tu cara. No me he parado a pensar que no reconozco el lugar donde estamos, pero tampoco me afecta mucho. Lo único que me importa es que estamos los dos, nuevamente, como si nunca nos hubiéramos distanciado. Entonces, no sé cómo, la conversación ha tomado un giro inesperado. Mi cabeza atiende a tus palabras porque presiente algo revelador, ya que tu expresión ha cambiado. Casi me atrevería a decir que te has ruborizado. Has caído en la cuenta de que llevamos mucho tiempo sin vernos y que me debes muchos besos...

Miro disimuladamente el reloj (llevaba tanto tiempo sin hacerlo...). Es el minuto 218.

Sonrío burlona, tomando tus palabras como otra de tus tomaduras de pelo y decido seguirte el juego, "sí, me debes exactamente 219 besos. Qué, ¿creías que no te los iba a reclamar?"
"Conociéndote, ni lo he dudado".

Ahora comprendo que no lo has dicho en broma, y que estás dispuesto a darme los besos que me debes, y no sé cómo debería reaccionar, así que intento tomarlo con naturalidad.

Cuando te has acercado a mi y has colocado las manos alrededor de mi cara, me ha recorrido un escalofrío y se me ha acelerado el corazón. Te has quedado muy cerca de mí y has comenzado a darme besos en la mejilla, contándolos en voz baja, mientras yo sentía como mi cara enrojecía por momentos. No sé cuántos llevabas cuando has cambiado de lado y has seguido dando besos, enumerándolos en susurros. Mil sensaciones se han apoderado de mí mientras seguía inmóvil, sonriendo de forma bobalicona, mientras tus labios, más suaves que nunca, se acercaban con miedo a la comisura de mis labios.

Nadie nunca me ha besado de ese modo. Nadie ha sido tan humilde e inocente como lo has sido tú. No me has dado todos los besos prometidos, eso era demasiado, pero el último, ese maravilloso beso, ha sido el más enamorado que podrías darme.

[Me reitero en mi memoria olfativa. Una de las cosas que nunca olvidaré de ti es tu olor. Hueles a humo de cigarro y a café de ayer. Hueles a la inteligencia que te define, a reunión de bohemios en el Madrid del siglo XVIII. Y sabes del mismo modo.]


Aunque los dos sabemos que, por suerte o por desgracia, esto sólo ha sido un sueño, para mí ha sido tan importante y banal como cualquier otro, y no podía hacer otra cosa sino dejarlo plasmado en mi, curiosamente, minuto 219, el mismo en el que por fin me besaste, y dedicártelo con todo mi cariño y añoranza.




[“He estado pensando... Tus cuadernos no tienen nombre, y tus textos se pueden leer fácilmente en un minuto. ¿Cuántos tienes ya, 120? ¿Y por qué no lo llamas "mis primeros 120 minutos?" ¿O "mis 2 primeras horas"? Así vas enumerando, cada texto un minuto, hasta que completes un día..."]

® Raquel Contreras

1 comentario:

  1. El arte de volver expresión un simple número, de habitarlo al punto de provocar una profunda inspiración para poder continuar... en ese minuto qu se vuelve eterno. Abrazo, mi niña. Me encanto!

    ResponderEliminar