sábado, 31 de octubre de 2009

Jack O'lantern

Jack O’lantern


— Ya estamos otra vez.

Atravesó el recibidor desprendiéndose por el camino de su gabardina y su sombrero marrón. Su voz sonaba cansada y resentida, como cada vez que trataba el tema de Jack.

— ¿Qué ha pasado? ¿Qué os ha dicho?

Entró a la cocina, adivinando que, a esas horas, me encontraría allí, frente a las brasas, preparando el yantar. Giré la cabeza. Parecía abatido. Me limpié con el paño que colgaba de mi delantal, y me senté junto a él.

— Maldito Jack… Nos la ha vuelto a jugar. Sammy me pidió que le acompañase a casa de ese mal nacido a cobrar la deuda, pero él jura y perjura que lleva meses sin pasar por la tienda de Sam, que no tiene forma de demostrar que hiciera aquellas compras y que no pagará nada de lo que se le exige. Y sabes que el pobre de Sammy no es capaz de hacerle frente, le teme. No he podido hacer nada. Ese tipo está loco. Nos ha sacado del porche a palos. Han tenido que vendarle el brazo a Sammy.

Hundió la cara entre sus grandes manos con evidente desesperación.

— No sé qué vamos a hacer con él. Los chicos se están cansando de tantas tonterías y cualquier día comenten una barbaridad. Bien merecido le estaría.

— No digas eso —le espeté, mientras acariciaba su cabeza—, verás cómo tarde o temprano se solucionará. Tú eres una buena persona, y sé que no le harías daño. Deberías evitar tratar con ese hombre, no puedes esperar nada decente de él. Será mejor mantenerle alejado de nuestra vida, y ya le llegará lo que merece, seguro. Está hecho de la piel del Diablo.

Asintió pesadamente. Yo me levanté y volví a atender el guiso. En ese momento no podía imaginar hasta qué punto tenía razón en lo que le había dicho a mi esposo.

*********

Lo cierto es que la fama de Jack le precedía allí a donde fuese. Era un hombre huraño, solitario y soberbio. Si la cara es el espejo del alma, la de aquel hombre era tétrica y retorcida. Nuestra humilde casa estaba en un pequeño pueblo irlandés. Este no dista mucho de otras villas similares, y las “hazañas” del indeseable al que llamaban «Jack el tacaño» llegaban con facilidad a oídos de todos. Y es que no sólo se limitaba a estafar y dejar deudas en los pequeños comercios, o a echar de sus tierras a la gente por la fuerza. Disfrutaba sembrando discordia entre unos y otros, saqueaba las huertas ajenas y abría los corrales para que escapasen los animales. Estos actos podrían tomarse como pequeños ajustes de cuentas, chiquilladas o incluso, bromas de mal gusto. Pero no se conformaba con estas fechorías. Amenazaba los hombres y quemaba nuestras cosechas. Las chicas del pueblo huían de él. Yo siempre pensé que se debía a los comentarios que escuchaban de sus padres, o a que su aspecto no era agradable y preferían apartarse, hasta que una tarde, Anna, la hija de la panadera, nos confesó que algunas muchachas habían sido forzadas por aquel paria, que paseó sus sucias manos por los virginales cuerpos de las jóvenes y trató de consumar con ellas. Ninguna se atrevía a hablar porque Jack las había amenazado. La chica lloraba mientras nos contaba lo sucedido. Yo no podía creerlo. Nos suplicó que no hiciésemos nada contra él, porque estaba convencida de que tomaría medidas contra ella o contra su familia si se enteraba de que había hablado con nosotras. Su madre tan sólo alcanzó a abrazar a su pequeña de quince años, mientras sendas lágrimas bañaban su rostro. Yo me levanté y salí de a casa como aturdida. Al salir, la espantosa figura de Jack se cruzó conmigo. Esbozó una siniestra sonrisa. Asqueada, volteé mi cara y escupí a sus pies.

Los días que siguieron fueron aún más desagradables. Una mañana, al levantarnos, mi marido acudió al cortijo para dar alimento a los animales. Yo acudí al escuchar los gritos y las blasfemias que profería. Cuando llegué, vi con horror cómo nuestro ganado agonizaba en su propia sangre. Habían entrado en el recinto y degollado a nuestros animales, les había roto las patas a unos, clavados estacas de madera a otros. Era una visión realmente espantosa. Maldije a Jack, pues aunque no podía probar que fuera él quien arrasó con nuestra única fuente de sustento, nadie podía ser tan retorcido para llevar a cabo aquella maldad. Pese a mi enfado e impotencia, conseguí convencer a mi marido para que dejase la guadaña que empuñaba, dispuesto a ajustar cuentas con el indeseable vecino. No quería verle convertido en un asesino por culpa de unos animales muertos, y más a sabiendas que no podíamos acreditar que los matase él. Conseguí sosegarle y disuadirle. Esa mañana no salió del cortijo limpiando los desperfectos y tratando en vano de salvar alguna pieza de la masacre.

No fuimos los únicos que padecimos los violentos ataques de Jack. Una noche me desperté al oír ruidos de cristales y fuertes golpes. Desperté a mi esposo y nos asomamos a la ventana, a tiempo para ver cómo una furtiva sombra escapaba de una finca cercana. Comenzamos a oír voces e insultos provenientes de la casa en cuestión, así que decidimos acercarnos. Los dueños no salían de su asombro. Había roto todos los cristales a pedradas y había tintado con sangre la fachada de aquel hogar. Dos días después amaneció el pueblo con una familia menos, pues habían incendiado la casa con ellos dentro, atrancando desde fuera puertas y ventanas.

Los actos vandálicos se sucedían de forma cada vez más cruenta. La gente comenzó a hablar y a extender rumores sobre Jack. Decían de él que era peor que el mismo Demonio. Una mañana, mientras realizaba mis tareas, escuché decir a dos mujeres que charlaban a escasos metros que tanto había trascendido la fama de Jack que hasta el propio Satanás sabía de sus fechorías, y que estaba dispuesto a comprobar por sí mismo si aquellas habladurías eran ciertas. Me reí por dentro de semejante ocurrencia, pero un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sólo la idea era terrible. No le di mucha importancia, hasta que aquella tarde se presentó un forastero en la taberna preguntando por Jack. Mi marido me contó que algunos de los hombres le advirtieron sobre sus actos y le describieron algunas de sus atrocidades. Después, el extraño pidió indicaciones para llegar hasta su finca.

Lo que allí sucedió entre el desconocido y su anfitrión, no puedo saberlo. Sólo sé que esa misma noche, estando aún los chicos en la taberna, Jack se presentó totalmente ebrio y buscando pelea. El dueño trató de echarle, pero él se acercó a la barra, abrió su bolsa y extrajo unas monedas de plata para que comenzasen a servirle licor. Iba por el tercer vaso cuando uno de los hombres se aventuró:

— ¿Qué pasa, Jack el tacaño, es que vas a morirte y lo celebras así? ¡Es la primera vez que te veo con dinero para pagar algo en este pueblo!

Los presentes rieron, incluso mi marido, que deseaba hacerle pagar sus desmesurados ataques nocturnos de los últimos días. Pero la burla les duró poco. Con la mirada incrustada en el fondo del vaso, el borracho comenzó a reírse también. Los chicos se quedaron mirándole absortos mientras Jack se carcajeaba apoyado en la barra. Sammy, que no entendía el motivo de su repentina felicidad, musitó:

— ¿Se puede saber de qué diantres te ríes? Te presentas aquí con ese dinero, delante de todos, teniendo deudas con la mayoría, y te mofas. ¿No te remuerde la conciencia del daño que nos haces?

Sin parar de reír, volvió la cara hacia ellos.

— No me pesa ni lo más mínimo.

— Algún día tendrás lo que mereces —repuso Sam con la voz queda.

— Viejo estúpido —se burló—, no lo verán tus ojos —tomó un nuevo trago y prosiguió—. Has de saber que yo no tendré castigo por mis actos, y no podéis hacer nada. Puedo campar a mis anchas, deshacerme de vuestro ganado, beber, maldecir, robar, e incluso violar a vuestras indecentes hijas si es lo que me apetece, pues no tendré que pagar por ello.

El grupo de hombres estaba perplejo. La mirada de Jack parecía la de un loco mientras pronunciaba aquellas palabras. El único que acertó a hablar fue mi marido.

— Estás borracho. No sabes lo que estás diciendo. Quizás nosotros no podamos hacer justicia contigo, pero alguien se encargará de ello. Arderás en el Infierno por toda la eternidad.

Una sonora risotada brotó de la boca torcida del paria.

— Te equivocas, como siempre. No eres más que un metiche insoportable. Como todos en este pueblo. Te comunico, oh gran sabio de las condenaciones, que el propio Satanás, después de haber sido humillado por mí con unos simples trucos, ha jurado que no pisaré el Averno, por lo que mis pecados no tendrán castigo. Puedo hacer lo que me plazca —sus ojos centellearon de pura maldad—. Puedo volver a entrar a tu finca a matar a tus reses, y no pasará nada. Puedo robar en la tienda del viejo, y no me pasará nada. Puedo arrasar vuestros cultivos o quemar vuestras propiedades, porque no me pasará nada. Porque nadie se atreve a hacerme frente. Puedo abusar de vuestras mujeres, igual que de esas niñatas. Puedo incluso matar a la chivata de Anna, o fornicar con ella hasta reventarla, pues no entraré en el Infierno.

Los presentes se quedaron mudos. Mi esposo afirma que todo ocurrió en cuestión de un minuto. Mi marido, Sammy y otros dos hombres saltaron sobre él y comenzaron a pegarle mientras este continuaba riendo en el suelo. El tabernero abandonó la barra para sacar a Jack del local antes de que cometieran una locura. Ninguno de ellos se percató de los movimientos del panadero, que había palidecido y se encontraba al borde del desmayo cuando escuchó las confesiones de Jack. Ninguno le vio coger el cuchillo del tabernero, ni le vio acercarse por detrás, hasta que ya tenía el arma sobre el gaznate de Jack y se vieron impregnados con su despreciable sangre.

**********

Cuando morimos, nuestra alma abandona su morada carnal para perdurar eternamente donde le corresponde. Asciende a las Alturas, donde deberá ser juzgada por las acciones durante su paso por la Tierra. Entonces, las puertas del Cielo se abrirán ante ella si es menester. En caso de haber llevado una vida pecaminosa, descenderá a los Infiernos, para ser torturada. Sucede que Jack no era ni por equívoco digno de descasar en el Edén, por lo que San Pedro le negó la entrada a su Reino. Pero, como él bien dijo, había pactado con Satanás mediante trucos su exonero en los Abismos. Ante esta situación el propio Lucifer se mofó de su situación, pues no tendría lugar donde morar, así que le condenó a vagar sin rumbo con la única ayuda de un ascua de llama eterna como ayuda hasta que encontrase dónde hacer descansar su alma.

Diréis que esto son suposiciones o mera superchería. Estáis en vuestro derecho. Yo sólo sé que, dos días más tarde de su muerte, en la noche de los Difuntos, alguien golpeó nuestra puerta. Abrí, y lo que encontré no fue otra cosa que el espectro de Jack, portando una pequeña calabaza con un ascua dentro. Se dibujó una sonrisa en su mortuorio rostro y atinó a decir:

— ¿Truco o trato?

Sabiendo que aquella fue la fórmula que utilizó con el propio Satanás para lograr su absolución del Infierno, no pude sino tratar de contentarle con agasajos, presa del miedo a que enviase maldiciones sobre nuestra familia, así que busqué frenéticamente algo con lo que obsequiarle, encontrando un par de monedas y algunos nabos. Conocía de su gusto por estas hortalizas, por lo que las embadurné de azúcar y le hice entrega de ellas. Satisfecha, el alma de Jack se desvaneció entre la niebla, llevándose consigo las ofrendas. Cuando llegó mi marido le conté lo sucedido. Él intentó tranquilizarme, haciéndome creer que había sido producto de mi imaginación, pero yo sé lo que vi. Al día siguiente, los vecinos relataban por todo el pueblo testimonios de la misma naturaleza que el mío. Tuvimos que aceptar que Jack seguiría rondando nuestros hogares para martirizarnos y coaccionarnos como lo hizo en vida. Entonces recordé que la aparición llevaba un objeto a modo de lámpara.

**********

Esta noche es víspera de Difuntos. Mis nietos están preparando la casa. Los dulces ya están listos por si llegasen visitas inesperadas, y se entretienen preparando las calabazas. Ellos lo toman como un juego. Es bueno que lo vean así, como un objeto decorativo para estas fechas. Lo que no saben es que es mucho más que eso. Es la forma de mantener alejado de nuestro hogar a quien no queremos recibir en él, un aviso que dice “aquí no eres bien recibido, Jack el tacaño. Busca morada en otra parte, Jack O’lantern”.




* Jack O’lantern: Jack el de la linterna



® Raquel Contreras

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