lunes, 22 de marzo de 2010
El cerezo
Se respiraba el dulce aroma del chocolate caliente. El abuelo apagó la radio y deslizó nuevamente la pipa entre sus labios. Yo miraba extasiado cada movimiento, me gustaba disfrutar de los días de otoño en aquella finca alejada del ruido. El reloj anunció las siete de la tarde, la mejor hora para mí. Me acerqué a la silla que ocupaba mi abuelo y me senté en el suelo, junto a sus pies: era el momento del cuento. Las historias, por sencillas que fuesen, se tornaban fantásticas narradas por su ajada voz. Mi favorita era aquella que hablaba del árbol del jardín.
“¿Ves ese árbol? Es un cerezo. Hace mucho tiempo, una pareja de enamorados llegó a este lugar. Les gustó tanto que decidieron que formarían aquí su hogar. Ella era una chica muy hermosa y risueña, y él, un joven trabajador que la amaba con toda su alma. A la muchacha le gustaban mucho los árboles, y el chico quiso regalarle uno, así que plantó un incipiente cerezo con sus propias manos. Los días pasaron lentamente, y el arbolito no conseguía brotar. Se acercaban jornadas de mucho frío, y temían que no sobreviviera a la crudeza del invierno. Una tarde, trabajando en el jardín, el joven se lastimó con las herramientas, haciéndose un corte en la mano. Su mujer corrió a ayudarle, y cuando vio la herida, una cristalina lágrima se le escapó, cayendo sobre el pequeño árbol, junto con una gota de sangre de su marido. El árbol comenzó a brotar, y aquella primavera pudieron deleitarse son su belleza: su tronco del color de la sangre y las delicadas flores blancas que asemejan lágrimas lo convertían en un homenaje a su amor.”
Mientras me relataba el cuento, se acariciaba la pequeña cicatriz de la mano y mi abuela le miraba, sonriente, desde el umbral de la puerta.
A medida que pasaba el tiempo y yo me hacía mayor, las visitas familiares se fueron espaciando, pero seguía acudiendo a casa de mis abuelos cuando tenía la ocasión. Una tarde, cuando atravesaba la finca, me dí cuenta de que algo no era igual. El viejo cerezo se mostraba marchito, sus colores vivos parecían desteñir. Dentro de mí sabía que algo no iba bien. En la casa, mi abuelo velaba junto a la cama en la que su mujer yacía enferma. Los médicos dijeron que estaba demasiado mayor como para someterla a un tratamiento lo suficientemente eficaz, que la edad era un factor en contra. Retrasé mi vuelta a la ciudad por unos días en los que me dediqué a cuidar de mi abuela, y no me fui hasta que su salud mejoró.
Dos semanas más tarde me encontraba nuevamente en el portón del jardín, con el rostro ensombrecido y vestiduras de luto, acudiendo a su velatorio. Mi corazón se rompía observando a mi abuelo llorar junto al viejo cerezo, haciendo desesperados intentos por enderezar lo que ahora no era más que un árbol caído.
Raquel Contreras
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Bello cuento; un árbol entrelazado a las vidas de una pareja que se ama hasta el final de sus días. Me gustó mucho¡¡¡
ResponderEliminarque bello cuento Raquel. triste pero precioso. me dejaste con el alma en un suspiro...
ResponderEliminarBesos!